domingo, 5 de junio de 2011

El Ángelo Colonial guarda cientos de valiosas reliquias

“Aquí donde el ayer es hoy” es la frase exacta que define al restaurante Ángelo Colonial. Un aire cálido se siente apenas se pone un pie en su salón principal, iluminado por velas que posan sobre candelabros de inicios del pasado siglo.

Los cientos de objetos que decoran las paredes del doble ambiente, los muebles de madera maciza y rústica, y lo tenue de su iluminación evocan el pasado colonial en lo ornamental.

Apostado en la segunda planta de una antigua casona del centro de La Paz, muestra sus reliquias que se aprecian a cada paso en los balcones coloniales.

Salvada la escalera, lo primero que llama la atención son las delgadas vitrinas que exponen envases de fósforos de diferentes países. La colección colgada en la pared es amplia.

Ollas, anafes y estufas de fierro, entre ellas salamandras, acompañan en el camino que termina en el restaurante, dentro del cual uno se transporta a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Las mesas y sillas de madera son rústicas y todas diferentes. La mayoría lleva detalles tallados o torneados. Ni bien uno se pone cómodo para esperar su pedido, se puede abstraer de la modernidad de hoy en ese anticuario de paredes y techos copados.

El salón, separado por una pared de amplia ventana carente de marco y vidrio, luce ladrillos antiguos en su piso. Al fondo hay una colección de relojes detenidos en cualquier hora. A pesar de ello, su dueño, Rolando Ángelo, dice: “Todos funcionan”.

Mientras la vista recorre sin parar las paredes porque lado a lado hay objetos que llaman la atención, se topa con los tejidos que adornan el techo. Son aguayos muy antiguos, las genuinas piezas obligan a levantar la cabeza para observarlas.

En otra de las paredes resalta el mapa de Bolivia de 1859, que incluye el territorio que desembocaba en el Pacífico, el que se perdió por una guerra con Chile, tema que en los últimos días generó polémica.

En la parte posterior de la pared, a un costado del mapa, hay fusiles, pistolas, revólveres y carabinas. Algunas de ellos fueron usados en la película de Antonio Eguino Los Andes no creen en Dios para ambientar sus escenas de los años veinte del pasado siglo.

En el ambiente de al lado está la vitrola usada en el mismo filme. El antiguo reproductor de música que funcionaba a cuerda fue muy popular a finales del siglo XIX y las dos primeras décadas del XX.

Si se mira de frente desde allí, en el acceso que une a los dos ambientes, se ven las cucharas grandes y pequeñas, de plata o peltre, entre charolas brillantes. Están detrás de una antigua caja registradora con manivela. En 1879 apareció la primera usada para calcular y registrar transacciones comerciales, cuyo cajón sirve para guardar dinero.

Una colección de candados negros de diferentes tamaños, que datan de hace dos siglos, adorna la parte posterior de la ventana que da al pasillo.

En la ventana que da a la calle Linares, un grupo de tarjetas de presentación que llevan fotografías se roba la atención.

Y hay muchas más antigüedades en ese salón y en el otro que está independiente al lado de la cocina. Allí se extiende a lo largo de una pared una “carta sinerológica” de la historia universal elaborada en México en 1882. En ella se registran datos y figuras desde la prehistoria. Entre la variedad de objetos que hay en esa sala destacan las pequeñas planchas de fierro y las balanzas.

Este restaurante nació por la necesidad que tenían los turistas extranjeros de alimentarse. “Eran los clientes de internet que abrimos hace más de una década”, recuerda la propietaria Lía Viscarra, esposa de Ángelo. Ahora tienen para sus clientes una oficina de correos y otra de información turística.

Colección de vinilos

Con la misma decoración, aunque en ambientes más amplios, el último restaurante y café Ángelo Colonial abierto en esta ciudad tiene una muestra de unos 400 discos de vinilo que datan desde la primera década de 1900.

Este detalle lo hizo parte de los 60 espacios visitados en la quinta versión de la Larga Noche de Museos, realizada el 21 de mayo.

La música clásica ocupa una pared del lugar, con discos de Beethoven, Chopin y Schubert, entre otros. En otra hay discos de los años 50 y 60, como The Platers y Elvis Presley. No faltan discos de artistas y música nacional, ni la instrumental o la romántica.

En una repisa destacan vitrolas de diferentes tamaños y modelos, y discos en cilindros que se reproducían en otro tipo de vitrolas.

Mapas de Bolivia y aparatos de teléfono de hace dos siglos atrapan la mirada de los comensales del ambiente principal, en cuyo techo están inscritos sus dos lemas, el segundo reza: “Aquí donde lo imposible es posible”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario